sobre el barrio de Jessy Cohen y sobre pq el Bordado Documental no es “arte social”

“El barrio de Jessy Cohen es un barrio de muy mala fama en Israel. Ha sufrido años de negligencia mientras ha acogido ola tras ola de nuevos inmigrantes. La gente con quien hemos hablado están sometidos bajo del peso constante de deudas y falta de recursos. El desempleo y las drogas son comunes.” Este post, sobre el trabajo que hemos estado haciendo en Jessy Cohen, debería haber empezado así. Seguiría contando sobre la gente con quien hemos trabajado, lo majos, sorprendentes, inteligentes que son. Cómo “hemos aprendido de ellos tanto” etc…

Desde que he vuelto de Holon, cada vez que me preguntan “¿cómo ha ido el proyecto?”, me quedo mudo. Al intentar a explicar cómo fue, me suena mi explicación algo falsa. No veo la diferencia entre las frases que utilizo yo en describir nuestro proyecto, en el cual creo plenamente, y las frases utilizadas para describir proyectos de “arte social” que me parecen criticables.

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Vahida y yo solemos ir a trabajar en barrios que para nosotros son desconocidos. Al contar a la gente que estamos trabajando en Jessy Cohen, nos mira como si fuésemos “buena gente”, ya se ve por sus caras que les parece que estamos haciendo una obra de caridad, un voluntariado cuyo propósito es “ayudar a la gente necesitada”. Sean lo que sean las relaciones que se generan durante nuestra estancia, es imposible, al momento de representar este trabajo a un público exterior (exterior al sistema de relaciones, cachondeos, conflictos y complicidades que hemos estado tramando durante nuestra estancia), escaparse de la trampa de lo que se percibe como diferencias en privilegios entre “nosotros” y “el barrio”. Incluso las ONG’s más paternalistas ya han aprendido de decir “hemos aprendido de ellos más de lo que han aprendido de nosotros” y cosas así, para defenderse y parecer modestos y anti-colonialistas. No hay ningún truco de representación que pueda comunicar una actitud que no es instrumentalizadora ni paternalista, aparte del hecho que nunca estamos seguros que estamos de todo “limpios” de estas actitudes. Incluso el acto de “limpiarse” de estas actitudes, sea en público o sea internamente, cada uno consigo mismo, ya en sí mismo padece de ellas mismas. Parece que el contexto de la producción cultural no permite ninguna otra posible interacción entre nosotros y un barrio como es Jessy Cohen. Al mismo tiempo, yo os digo que lo que pasaba ahí en el quiosco en el centro comercial, en la biblioteca en el centro cívico y en la antigua escuela que hoy aloja un centro de arte entre otras cosas, no era fácilmente predecible ni estereotipado.

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Hoy en dia, más y más artistas están trabajando dentro de un contexto social. En general me gusta que el arte y la transformación social se hayan vuelto a encontrarse. Creo que la separación entre lo social y lo estético es artificial y falsa, fruto de unos procesos que ya es tiempo que lleguen a su fin. Obviamente hay mucho trabajo que me gusta y mucha gente con la cual encuentro afinidad. Al mismo tiempo, la producción cultural que pretende transformar la sociedad genera muchas contradicciones. Muchas de ellas conocidas, pero me gustaría hablar más de estas contradicciones que son tangibles, las que he notado emocionalmente en la experiencia misma de trabajar en barrios periféricos mientras haya un público “ahí fuera” que tiene la expectativa de “consumir” alguna representación de las relaciones establecidas durante este trabajo (y mientras haya un ego aquí dentro que tiene la expectativa de actuar de una manera consecuente y transformadora).

Es muy común encontrar al hablar con artistas que trabajan dentro del contexto de “barrios marginales” o movimientos sociales  que pongan énfasis en la mala situación en cual se encuentran sus colaboradores y en el alto nivel de participación que encontraron ahí. El arte social, por definición, necesita ser validado por su contexto social. El estrés del “artista social” es grande. Necesita demostrar a su público y a sí mismo que había participación y que la experiencia ha sido transformadora para los participantes. Este estrés del “artista privilegiado” que tiene que demostrarse útil, es palpable. Una de las cosas que diferencian la práctica del Bordado Documental es realmente su modularidad como acción. No depende de la participación y cuando haya participación puede ser grande o pequeña, no importa. Es un acto que es individual y colectivo a la vez. Su colectividad se extiende desde su individualidad. O, en otras palabras, estamos ya felices de estar bordando en la calle nosotros dos, cualquiera que aparezca para acompañarnos ya es un demás agradable. Igual explico un poco mejor cuál es nuestra postura cuando estamos bordando en el espacio público y por qué genera unas relaciones que son menos paternalistas, más horizontales con el entorno: cuando estamos en la calle bordando, estamos abiertos a la interacción y la instigamos también, pero no dependemos de ella. Nuestro trabajo en este momento es nuestro y en este sentido estamos ahí de la misma manera que los demás, cada uno está haciendo su cosa, interactuando con los otros por diversión, por placer o por necesidad, pero nunca para “salvar al otro”. Este supuesto “egoísmo” nos pone ahí en la plaza de una manera parecida a los demás, genera una cierta horizontalidad, y desde esta postura, se genera la colaboración de una manera natural. Y si algún día no se genera, pues no pasa nada.

Muchas veces he visto, incluso en proyectos que me gustan, los artistas, voluntarios o representantes del mundo supuestamente “privilegiado”, cambiar de una manera sutil, el tono de voz o el lenguaje corporal, de una forma que expresa: “estamos aquí para ayudar/educar”. Pasa mucho cuando se trata de la interacción con niños y pre-adolescentes. Tengo mucho más que decir sobre lo que se percibe desde cierto ámbito (podemos llamarlo clase media para simplificar) como educación y como comportamiento adecuado para niños, pero lo importante de decir es que a veces lo que se percibe como “privilegio” es simplemente una educación altamente controladora.

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No voy a intentar a describir como fue la experiencia entre nosotros y los vecinos de Jessy Cohen. Percibo el Bordado Documental como una exploración tentativa de un barrio desconocido. Creo mucho en este método aplicado como lo estamos haciendo, pero solo lo celebraría como “transformador” al nivel social, como una forma “eficaz” de activismo, en el caso que podemos dar continuidad a la experiencia y a las relaciones que ahí surgieron. La expectativa que hay de nosotros como creadores, de representar cualquier cosa que hacemos como un triunfo, no permite procesos más largos, complejos y liosos, repletos de contradicciones, de ironías y de frivolidad (incluso la que no es de todo “táctica”). y a nosotros, son justo estas cosas las que nos gustan.

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